La belleza y la herida, en las montañas de Jericó
Parte 1. Una mañana con la pajarita y el calavera A las seis de la mañana, cuando Jericó todavía no terminaba de despertarse y la neblina se aferraba a los tejados como un último resto de la noche, veinte personas subimos a una chiva estacionada junto a la plaza principal. Íbamos detrás de las aves. Ninguno imaginaba que, antes de regresar, los nombres de aquel vehículo y de su conductor, la pajarita y el calavera, terminarían por darle a la jornada un sentido que iba mucho más allá de los avistamientos. Nos habían convocado Luz Beatriz y Alejandro, del Festival de Aves de Jericó 2026. Éramos veinte cuerpos entumecidos por el frío, veinte pares de ojos dispuestos a encontrar, entre los pliegues de la montaña, alguna de esas criaturas que justifican las madrugadas, los caminos difíciles y la paciencia de esperar durante horas por un movimiento entre las hojas. El vehículo todavía no tenía nombre para nosotros. Lo descubriríamos después. Jericó se quedaba atrás c...