La belleza y la herida, en las montañas de Jericó
Parte 1. Una mañana con la pajarita y el calavera
A las seis de la mañana, cuando Jericó todavía no terminaba de despertarse y la neblina se aferraba a los tejados como un último resto de la noche, veinte personas subimos a una chiva estacionada junto a la plaza principal. Íbamos detrás de las aves. Ninguno imaginaba que, antes de regresar, los nombres de aquel vehículo y de su conductor, la pajarita y el calavera, terminarían por darle a la jornada un sentido que iba mucho más allá de los avistamientos.
Nos habían convocado Luz Beatriz y Alejandro, del Festival de Aves de Jericó 2026. Éramos veinte cuerpos entumecidos por el frío, veinte pares de ojos dispuestos a encontrar, entre los pliegues de la montaña, alguna de esas criaturas que justifican las madrugadas, los caminos difíciles y la paciencia de esperar durante horas por un movimiento entre las hojas.
El vehículo todavía no tenía nombre para nosotros. Lo descubriríamos después.
Jericó se quedaba atrás con su dignidad de pueblo antioqueño, sus calles empinadas y sus casas aferradas a la montaña por una obstinación heredada. Aunque conserva el aire de una población colonial, su carácter tiene algo de la sobriedad republicana: una elegancia sin alardes, sostenida por la religiosidad, la memoria y el orgullo de quienes han aprendido a vivir en una geografía que no concede demasiadas facilidades. Allí nació la Madre Laura, la santa que parece seguir acompañando desde las alturas a un pueblo acostumbrado a mirar el mundo cuesta arriba.
Las calles ascendían y descendían con una severidad que hacía pensar en una penitencia. El frío se metía por los puños de las chaquetas y la humedad terminaba por instalarse en la piel. Sin embargo, bastaba un saludo desde una ventana o una sonrisa de alguien que apenas comenzaba su jornada para que el cuerpo recuperara un poco de calor.
Jericó tiene esa virtud de los lugares que no necesitan retener a nadie: cuando uno se marcha, algo suyo se queda allí y algo del pueblo se adhiere.
La chiva comenzó a trepar por las calles estrechas. Los espejos laterales parecían rozar las fachadas y el conductor hacía sonar la bocina con una determinación que no admitía dudas. No era un llamado discreto, sino una declaración de principios: la expedición había comenzado y el pueblo entero estaba invitado a enterarse.
El hombre respondía al apodo de El Calavera, uno de esos nombres que los paisas les ponen a sus semejantes y que terminan por imponerse sobre el nombre de bautismo. En Antioquia, un remoquete puede convertirse en una biografía abreviada: basta una anécdota, un rasgo del carácter o una vieja travesura para que alguien cargue durante décadas con una identidad que ya nadie se molesta en discutir.
El Calavera conducía como si conociera de memoria cada piedra, cada curva y cada precipicio. Manejaba aquella máquina abierta como un jinete que ha aprendido a entenderse con su caballo. La chiva se estremecía en las pendientes y él respondía con la serenidad de quien ha recorrido muchas veces el mismo camino.
Nosotros, mientras tanto, intentábamos conservar el calor de las manos.
El vehículo no distinguía entre el adentro y el afuera. Si el viento mordía en la carretera, mordía también a los pasajeros. Si la neblina se derramaba sobre la montaña, entraba con nosotros. Viajábamos apretados, encogidos dentro de las chaquetas, respirando ese vapor colectivo que huele a café tomado a las carreras y a expectativas todavía sin nombre.
Fue entonces cuando alguien nos explicó cómo se llamaba la chiva.
La Pajarita.
No sé si el vehículo había recibido ese nombre por su tamaño, por su ligereza o por alguna historia que ignorábamos. Lo cierto es que resultaba difícil imaginar uno más apropiado para una expedición de observadores de aves. La Pajarita y el Calavera. La vida y la muerte. El diminutivo alado y el apodo fúnebre. La promesa del vuelo y la sombra que lo amenaza.
Todavía no sabíamos cuánto iban a acompañarnos esos dos nombres.
Parte 2. Hacia Pueblo Rico
La vía hacia Pueblo Rico serpenteaba entre montañas y precipicios. El nombre del destino parecía una invitación a la esperanza: uno no viaja hacia un lugar llamado Pueblo Rico sin sospechar que algo habrá de encontrar allí. Pero la riqueza que buscábamos no estaba en las casas, ni en las fincas, ni en las promesas de prosperidad que suelen atribuirse a estas tierras. Estaba escondida en sus bosques.
A unos dos mil metros de altitud, el paisaje se abría y se cerraba entre pastizales, árboles dispersos y fragmentos de vegetación que resistían como islas en un territorio cada vez más intervenido. La carretera era estrecha, y los vehículos que aparecían en sentido contrario obligaban a calcular con cuidado cada movimiento. Las motos, en particular, parecían convencidas de que la montaña había sido construida para concederles el paso.
—¡Moto!
El grito se convirtió pronto en una de las palabras más repetidas de la mañana. Había que apartarse, pegarse a la orilla, esperar a que pasara el peligro y continuar.
En uno de aquellos recodos, donde la vía parecía concederle al bosque un pequeño respiro, detuvimos la marcha.
Bastaron unos pasos para que la montaña comenzara a hablarnos.
El primero en aparecer fue el Trogón collarejo (Trogon collaris). Se posó cerca de nosotros con la tranquilidad de quien no tiene nada que demostrar. Su cuerpo parecía contener una elegancia antigua, sin estridencias ni movimientos innecesarios. El macho nos permitió admirar la cola oscura, delicadamente barrada de blanco por debajo, antes de alejarse hacia la vegetación.
Durante unos instantes permaneció sobre unos viejos cables eléctricos, una imagen que resumía sin proponérselo la contradicción del lugar: la naturaleza posada sobre una de las huellas de nuestra intervención. Después se internó en el bosque y desapareció.
Los observadores de aves conocemos esa forma de despedida. Ningún pájaro está obligado a quedarse para que lo contemplemos. La aparición es un regalo; su duración, una decisión que no nos pertenece.
Luego llegaron los Carriquíes de montaña (Cyanocorax yncas), y con ellos cambió el tono de la mañana.
Si el trogón había elegido la discreción, los carriquíes parecían decididos a convertir el bosque en una celebración. Se desplazaban en grupo, alborotados, con sus tonos verdes, amarillos, negros y azules, como si alguien hubiera derramado sobre sus cuerpos los colores de una fruta tropical y después hubiera añadido, por capricho, un fragmento de cielo.
La montaña, que hasta entonces había hablado en voz baja, comenzó a reírse.
Los seguimos con la mirada, tratando de anticipar sus movimientos. En el pajareo hay una forma particular de felicidad que no depende de poseer nada: basta con estar en el lugar indicado cuando un ave decide mostrarse. No puedes atraparla, tocarla ni llevártela. Basta con haber coincidido.
Y, sin embargo, todavía faltaba una de esas coincidencias que uno guarda por años.
Apareció la Clorofonia nuquiazul (Chlorophonia cyanea).
Fue apenas un instante. Un pequeño cuerpo verde, el vientre amarillo, un collar azul y una rabadilla del mismo color que parecía encenderse entre las hojas. El pico y la redondez de su figura le daban el aspecto de un diminuto muñeco de peluche que algún niño hubiera extraviado en la espesura.
La vi y supe, una vez más, que no todas las aves producen la misma clase de asombro.
Hay especies que aparecen con frecuencia y terminan siendo parte del paisaje familiar. Otras se dejan ver tan pocas veces que cada encuentro adquiere la intensidad de una excepción. A mí, la clorofonia se me concede apenas de vez en cuando, quizá una aparición fugaz cada tres años. Por eso, cuando surge, algo se reorganiza en la memoria. El tiempo parece detenerse y la atención se concentra en un solo punto del mundo, mi apuesta de fotógrafo adquiere sentido.
Durante unos segundos, todo lo demás desaparece: el frío, la carretera, el ruido de los motores, las dificultades del camino. Solo existe esa minúscula ave.
La fotografía puede conservar una parte de ese instante, pero nunca su conjunto. No guarda el sobresalto del descubrimiento, ni la respiración que uno contiene, ni la certeza íntima de haber estado allí. Una imagen demuestra que el encuentro ocurrió; la mente conserva lo que significó.
La clorofonia desapareció entre las hojas antes de que pudiéramos acostumbrarnos a su presencia.
Seguimos caminando.
Parte 3. Una montaña que resiste
Para evitar el tránsito, decidimos cruzar un cercado. Aquella frontera artificial separaba dos espacios de una misma montaña: de un lado, la carretera y sus amenazas; del otro, una vegetación que todavía conservaba secretos.
Fue entonces cuando apareció el Cacique dorsirrufo (Psarocolius angustifrons).
Su presencia tenía algo de ceremonia. La figura alargada, el porte de oropéndola y la manera de moverse entre las ramas le conferían una dignidad que parecía pertenecer a otro tiempo. Lo contemplamos con esa reverencia que a veces despiertan las criaturas que sobreviven sin hacer ruido.
Pero la montaña aún guardaba revelaciones más intensas.
A cierta distancia, entre la vegetación, comenzaron a distinguirse varios individuos del Cacique candela (Hypopyrrhus pyrohypogaster). Eran nueve.
Nueve aves extraordinarias de una especie endémica de Colombia, de cuerpo negro, vientre rojo encendido, cola larga y ojos amarillos. Su plumaje parecía reunir dos extremos: la oscuridad de la noche y una llama que se negara a apagarse.
El encuentro nos dejó suspendidos en una clase de silencio difícil de describir. Había algo espiritual en contemplar a los nueve individuos juntos, compartiendo un rincón de aquella montaña. ¿Sería la Madre Laura hablándonos?
Los fotógrafos intentamos acercar las imágenes con los lentes. La distancia, sin embargo, imponía sus propias condiciones. Los equipos apenas alcanzaban a registrar los detalles, y el deseo de obtener una fotografía nítida empezó a parecerme secundario.
Había que mirar.
Había que sentir.
Había que aceptar que la experiencia no siempre se deja convertir en un archivo.
Los nueve caciques continuaron con sus asuntos, ajenos a nuestra emoción y a la dificultad de nuestros teleobjetivos. No estaban allí para completar una lista de especies ni para justificar una jornada de fotografía. Simplemente, estaban allí.
Quizá esa sea una de las lecciones que aprende quien observa aves con suficiente paciencia: el mundo no está organizado para satisfacer nuestra mirada. Nosotros somos los visitantes. La montaña dirige su propia obra; nosotros apenas alcanzamos a presenciar algunos fragmentos de esta partitura natural.
Cuando creíamos que la mañana había entregado lo mejor de sí, aparecieron tres Gallitos de roca (Rupicola peruvianus).
El bosque nuboso pareció abrirse para dejarlos pasar. Su rojo intenso destacaba entre los verdes y los grises de la vegetación, como si alguien hubiera descubierto tres rubies en mitad de la niebla. Rechonchos, inconfundibles, se movían con esa mezcla de torpeza aparente y gracia que hace de los gallitos de roca unas de las aves más memorables de la cordillera occidental.
Los machos de esta especie son célebres por sus exhibiciones de cortejo: saltos, movimientos y vocalizaciones con los que intentan atraer a las hembras. En otros lugares, esas demostraciones convierten un rincón del bosque en un espectáculo singular. Aquella mañana, los tres gallitos parecían guardar en silencio el secreto de su presencia.
Los contemplamos con la respiración contenida.
Después del trogón, los carriquíes, la clorofonia, el cacique dorsirrufo y los nueve caciques candela, la montaña nos ofrecía esta última imagen antes de cerrar el telón.
La neblina regresó poco después, borrando lentamente las formas precisas del paisaje.
Para entonces habíamos registrado alrededor de cincuenta y cinco especies. Cincuenta y cinco maneras de estar vivas en un mismo territorio. ¿Cómo es posible que un espacio tan pequeño contenga tanta diversidad?
La mañana había sido extraordinaria. Pero, al mirar más allá de los árboles, algo comenzaba a cambiar la naturaleza de nuestro asombro.
Parte 4 y última. La belleza y la herida
El bosque donde encontramos tantas aves era apenas un islote verde en medio de una ladera intervenida. Bastaba apartar la mirada de los árboles para descubrir los claros, la vegetación fragmentada y las vacas que pastaban sin fronteras.
Allí, en aquel pequeño refugio, habíamos visto cincuenta y cinco especies, nueve caciques candela, tres gallitos de roca y una clorofonia que, por unos segundos, hizo que todo lo demás desapareciera.
La belleza y la herida ocupaban el mismo paisaje.
Pensé en las fotografías que llevaba conmigo. Podrían conservar para siempre el rojo encendido de los caciques, el instante en que los gallitos emergieron de la niebla o el destello verde y azul de la clorofonia.
Pero ¿qué ocurriría si algún día las imágenes fueran el único lugar donde pudiéramos encontrarlos?
Cuando regresamos a la carretera, La Pajarita nos esperaba. El Calavera encendió el motor y emprendimos el camino de vuelta a Jericó. Viajamos apretados, todavía con el alma repleta de encuentros con estas aves antioqueñas, mientras la chiva avanzaba por las curvas y el viento se colaba por los costados.
Otros viajeros subirían después, con sus binoculares y sus cámaras, buscando las mismas aves o alguna que aún no conocían.
Yo seguía pensando en aquellos dos nombres: La Pajarita y el Calavera. Una promesa de vuelo y una sombra de muerte compartiendo el mismo camino.
La ironía me acompañó durante el descenso. Habíamos salido a buscar vida y regresábamos con la imagen de una calavera rondándome la cabeza. No la del conductor, cuyo apodo parecía hecho para las bromas de carretera, sino la de un bosque que podía comenzar a morir mucho antes de que desapareciera su último árbol. Bastaría con que perdiera aquello que lo hacía habitable: sus refugios, sus conexiones, sus silencios.
La catedral de Jericó apareció entre la neblina. La Pajarita siguió descendiendo mientras las montañas se alejaban, una curva después de otra. Traía conmigo las fotografías, los nombres y la memoria de una mañana extraordinaria. Pero también una pregunta que ninguna fotografía milagrosa podía responder.

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