MIGRAR

MIGRAR Por Esteban Ortiz Montoya La Piranga rubra estaba allí desde antes de que ellos cruzaran la puerta. Había llegado esa misma mañana, puntual como las criaturas que obedecen brújulas invisibles. Descendió desde América del Norte, dejándose llevar por corredores de aire que no figuran en los mapas: corrientes tibias que anuncian desplazamientos, presiones que varían sin estruendo, señales casi imperceptibles que anticipan que un territorio, sin previo aviso, comenzará a volverse inhabitable. Los ornitólogos dirían que es un ave estacional, que su presencia responde a ciclos precisos, a calendarios inscritos en la sangre. Los terapeutas —si se permitieran la metáfora— dirían otra cosa: que aparece cuando alguien empieza a desprenderse, cuando el suelo conocido se vuelve áspero y ya no sostiene. Ninguno la vio posarse en las ramas del árbol, detrás del estante donde descansaban los libros de terapia de pareja. Nadie excepto el hombre, aunque al principio no entendió por qué su mirada regresaba, una y otra vez, a ese rojo contenido entre las ramas. Se dijo en silencio: concéntrate, viniste a una sesión de terapia de pareja, no a seguir el vuelo de un ave. —Hemos venido porque he tomado la decisión de separarme de él —comenzó ella, acomodándose en el sillón con una serenidad trabajada, como quien ya ha hecho un tránsito interior—. Gracias al proceso psicológico que he venido haciendo con Gloria, mi psicóloga, me siento más feliz. Estoy haciendo cosas que antes no hacía. Me siento bien conmigo… y, después de pensarlo mucho, siento que él no es la persona con la que quiero seguir. Mientras hablaba, la piranga ladeó la cabeza. Su rojo no era violento; era un rojo maduro, como la fruta justo antes de desprenderse. El color exacto de algo que ha cumplido su ciclo y se prepara para migrar. Él, sin mover un músculo, inició su propio discernimiento, otra deriva. Claro, ella estaba llena de voces, pensó. No era solo la psicóloga. También las dos coach, la española, el bioenergético, el yoga, las meditaciones pagas, las fisioterapias, la tarotista, el I Ching, las películas que repetían que habíamos venido a ser felices. Una bandada sosteniéndola en el aire. En ese vuelo ya no estaba él. Tampoco el nosotros. Después de veintiún años de matrimonio, había desaparecido el nosotros. La piranga abrió apenas las alas. El terapeuta los observaba con la paciencia de quien ha presenciado muchos inviernos conyugales. —Es claro lo que planteas —dijo—. Veo que lo has trabajado. Pero yo soy terapeuta de pareja. Mi labor es intentar que se acerquen, no que se alejen. Una separación puede tener consecuencias imprevisibles, sobre todo cuando hay hijos. Hizo una pausa breve, como quien mide la dirección del viento antes de hablar. —Y tú, ¿a qué has venido? El hombre respiró hondo. Miró el suelo. Yacía allí el despojo de un nido. Luego, casi sin saber por qué, volvió la vista al árbol. El rojo se había ocultado entre las ramas. —Desde hace meses siento que me rechaza —dijo—. Cuando su madre la despidió y tuvo dificultades laborales, decidí estar a su lado. Cuidarla. Estar atento. Creo que durante siete meses lo hice de manera callada, permanente y cuidadosa. Y la dejé explorar soluciones con alas prestadas. Lo que no esperaba era que, cuando empezara a levantarse, me empujara a un lado, como si yo fuera una ropa usada. Y eso ha dolido. La piranga regresó a una rama más visible. Reconocía esa frase. La había oído en otras latitudes, en otras lenguas, cada vez que un vínculo entraba en temporada de heladas. —Te siento con muchas necesidades afectivas —dijo el terapeuta—. Estás enredado, confuso. ¿Hace cuánto no tienen relaciones? —Unos dos meses —respondió ella—. Y no han sido satisfactorias. No quiero estar con él. No me atrae. No me inspira. Siento que es otro hijo más que tengo que mantener. Las palabras cayeron como hojas secas sobre un suelo ya cubierto de lamentos. —No es fácil que a uno lo rechacen —dijo él, con una dignidad fatigada—. En eso estoy de acuerdo. El terapeuta entrelazó las manos. —Llegaron tarde. Hay dolor, también rabia. Deben cuidar el lenguaje; se están hiriendo con cada frase. Lo que percibo es que ya casi no hay pareja. Se inclinó hacia adelante, como si intentara tender un puente sobre un cauce pedregoso. —Les propongo que cada uno venga por separado y luego volvamos a reunirnos. Siempre habrá un vínculo entre ustedes, como padres de dos hijos. La idea es que ese vínculo no los consuma ni los arrastre a algo peor. ¿De acuerdo? Ambos dijeron que sí. Pero fue un sí leve, un sí sin raíces, un sí que ya empezaba a empacar. Entonces la piranga decidió hacerse visible. Abandonó el árbol y voló con un movimiento limpio hasta el respaldo de la silla del hombre. Se posó allí con naturalidad, como si hubiera esperado exactamente ese instante. Nadie se sobresaltó. En ese consultorio ya habían ocurrido cosas más inexplicables que un ave roja: promesas que se evaporan, resentimientos incubados en silencio, infidelidades no admitidas, amores que mudan de piel hasta volverse irreconocibles. El hombre entendió. No fue una revelación brusca, sino una certeza que descendió con suavidad. Recordó haber leído que la piranga migra sin que se sepa del todo por qué; que responde a señales mínimas; que cuando el clima interior cambia, alza el vuelo. Comprendió que no era ella quien estaba migrando. Era él. Había confundido cuidado con amor. La piranga no venía a salvarlo ni a castigarlo. Venía a ofrecerle el tránsito: el cruce sereno, la salida sin estrépito, la aceptación de que hay territorios que dejan de ser pareja y hogar. Cuando la sesión terminó y el terapeuta abrió la puerta, la piranga alzó vuelo hacia el umbral, trazando la ruta. El hombre se levantó y la siguió. No miró a la mujer; hacía rato que, por dentro, se había despedido. Cruzó la puerta y salió al aire de la tarde. La piranga abrió las alas. Él hizo lo mismo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

YO EL ARTESANO

A propósito de “Construir la escritura” de Daniel Cassany

EL CONFLICTO ES CONNATURAL AL SER HUMANO, LA VIOLENCIA NO