AVISTAR

Avistar: el arte de descubrir lo que siempre estuvo ahí

Por Esteban Ortiz Montoya

Avistar es acercarse a una ventana, correr las cortinas y descubrir que el mundo no estaba esperando a que despertáramos: ya estaba despierto. Afuera, las aves cruzan el aire, buscan alimento, cortejan, cantan, sobreviven. Comparten con nosotros este mismo instante de la historia del planeta, aunque pocas veces nos detengamos a reconocerlo.

Avistar es abrir los sentidos. Afinar la mirada. Aprender a reconocer esa presencia magnética y esquiva que aparece entre las ramas, atraviesa el cielo o se posa durante unos segundos en el borde de una ventana. Es comprender que la naturaleza no necesita nuestra atención para existir, pero que nuestra vida puede cambiar cuando empezamos a prestársela.

Las aves siempre estuvieron ahí. Lo extraordinario es que un día comenzamos a verlas.

A medida que despertamos la conciencia, los seres alados empiezan a multiplicarse ante nuestros ojos. No es que hayan llegado de repente: somos nosotros quienes empezamos a descubrirlos. Aparecen y desaparecen entre el follaje, se confunden con las sombras, cruzan un claro y se pierden al otro lado del paisaje. Su presencia puede durar apenas una fracción de segundo. Basta un parpadeo para perderlas.

En los bosques, cuanto más agreste es el territorio, más difícil resulta encontrarlas. Uno escucha un canto, percibe un movimiento, alcanza a distinguir una mancha de color. Después, nada. Queda una imagen incompleta, un recuerdo impreciso, la sospecha de haber visto algo extraordinario sin poder explicar exactamente qué fue.

Entonces comienza el juego.

Mis hijos se desesperan con esta prueba de atención y paciencia. Me ven inmóvil, mirando fijamente hacia un árbol, y creen que estoy ensimismado. Lo que no alcanzan a comprender es que estoy en modo cazador, aunque aquí no hay armas ni animales muertos. La presa es una imagen; la recompensa, un encuentro.

Cuando uno dispone de binoculares o de una cámara, la experiencia se transforma. Lo que parecía lejano se vuelve próximo. Un punto diminuto adquiere plumas, pico, mirada y movimiento. El ave deja de ser una mancha en el paisaje y se convierte en una presencia. Por unos instantes, compartimos una intimidad que no nos pertenece y que, precisamente por eso, resulta tan fascinante.

Los encuentros son casi siempre fortuitos. No hay citas concertadas ni promesas de asistencia. Uno puede caminar durante horas sin encontrar aquello que busca y, cuando menos lo espera, una criatura aparece entre las hojas. Son encuentros breves, irrepetibles, de una intensidad difícil de explicar a quien nunca ha sentido la emoción de descubrir un ave en libertad.

En esos segundos ocurre algo sencillo y extraordinario: recordamos que estamos vivos. Ellas aletean; nosotros contemplamos. Ellas siguen su camino; nosotros nos quedamos con el asombro.

Avistar es aprender a estar presentes.

La difícil conquista de una imagen

Quisiera que mis hijos entendieran también por qué fotografiar aves es tan difícil y, al mismo tiempo, tan apasionante. Una fotografía no es el ave: es apenas la huella luminosa de un instante en el que estuvo frente a nosotros.

Hay unas pocas horas privilegiadas para conseguir buenas imágenes. El amanecer y el atardecer ofrecen luces favorables; durante el resto del día, la contraluz puede convertir un pájaro lleno de colores en una silueta oscura. Y eso sin contar las ramas que se atraviesan, el viento que mueve las hojas, el ave que desaparece justo cuando conseguimos enfocar o el fotógrafo que, por los nervios, oprime el botón demasiado tarde.

Los expertos saben que la fotografía exige técnica: apertura, velocidad, enfoque, sensibilidad del sensor. Hay que conocer el equipo, anticipar el movimiento y disparar en el momento preciso. Primero, sin embargo, hay que encontrar al ave.

En mi caso, que sigo siendo bastante torpe, una mañana de pajareo puede terminar con una o dos fotografías que me satisfagan. Las demás acumulan defectos, desenfoques, encuadres desafortunados y contraluces imposibles. A veces regreso con cientos de imágenes y ninguna consigue transmitir lo que sentí en el bosque.

La cámara, además de registrar, nos confronta. Nos recuerda la distancia entre haber visto algo maravilloso y haber conseguido contarlo con una imagen.

Pero he aprendido a no medir toda la experiencia por el número de fotografías buenas. Hay encuentros que ninguna cámara consigue reproducir. Un ave puede aparecer durante un segundo, mirarnos desde una rama y desaparecer para siempre de nuestra vista. No habrá imagen que certifique ese instante. Sin embargo, habrá ocurrido. Y algo de nosotros habrá cambiado.

Ponerle nombre al misterio

Ver un ave no significa conocerla. Captarla con una cámara tampoco. Entre el instante en que aparece y el momento en que conseguimos identificarla se abre un territorio lleno de preguntas.

¿Será una tángara? ¿Un atrapamoscas? ¿Se trata de una especie conocida o de una que nunca había visto? ¿Es juvenil, macho o hembra? ¿Qué hace en este lugar? ¿De qué se alimenta? ¿Dónde construye su nido?

La curiosidad se convierte entonces en investigación. Comparamos la forma del pico, los colores del plumaje, las marcas de la cabeza y el comportamiento. Revisamos fotografías, escuchamos grabaciones, consultamos libros, guías de campo y aplicaciones. A veces acertamos; otras, descubrimos que estábamos equivocados. Y volvemos a empezar.

En este proceso hay algo profundamente humano: necesitamos nombrar aquello que descubrimos para incorporarlo a nuestro mundo. Darle un nombre a un ave es una manera de acercarnos a ella, de comenzar a reconocer su singularidad entre miles de criaturas.

Al principio, los nombres comunes parecen suficientes: chulo, mirla, cucarachero, gorrión. Después descubrimos que un mismo nombre puede designar aves diferentes según la región y que una misma especie puede recibir varios nombres. Entonces aparecen los nombres científicos, esa lengua de raíces latinas que permite reconocer una especie más allá de las fronteras: Coragyps atratus, Turdus ignobilis, Troglodytes aedon, Sicalis flaveola.

También aprendemos los nombres en inglés, porque las aves no conocen fronteras y el pajareo nos permite encontrarnos con personas de otros países que comparten la misma pasión.

De pronto, para reconocer una sola especie, debemos aprender varios nombres. La memoria se convierte en un pequeño archivo de palabras, sonidos, formas y colores.

Pero el verdadero aprendizaje no consiste en acumular nombres como quien llena una colección. Consiste en comprender que cada nombre abre una puerta. Detrás de él hay una historia evolutiva, un comportamiento, una relación con el territorio, una manera particular de habitar el mundo.

Identificar un ave es una conquista, sí. Comprender que su existencia está relacionada con la nuestra es una conquista todavía mayor.

Escuchar para ver

Con los años he descubierto que el mejor camino para acercarse a las aves no siempre comienza por los ojos. Muchas veces comienza por los oídos.

En el bosque, uno aprende a escuchar antes de mirar. Un silbido atraviesa la vegetación; un reclamo se repite a lo lejos; una bandada anuncia su paso con un alboroto de alas y voces. El oído empieza a orientarnos allí donde la mirada no consigue penetrar.

Hay aves que vemos, pero no alcanzamos a identificar. Otras nunca aparecen ante nosotros y, sin embargo, nos acompañan durante toda la caminata. Están detrás de una maraña de ramas, en la profundidad de una cañada o en la copa más alta de un árbol. Su presencia se revela en el sonido.

Escuchar es una manera de ampliar el territorio. Donde los ojos encuentran un límite, el oído puede seguir avanzando.

Por eso me conmueve pensar en las personas ciegas que se acercan a las aves a través de la escucha. La experiencia del pajareo no tiene por qué depender exclusivamente de la visión. La atención al sonido, la memoria auditiva y la capacidad de reconocer patrones permiten descubrir un mundo extraordinariamente rico. No se trata de suponer que todas las personas ciegas escuchan mejor, sino de reconocer que existen otras maneras de percibir y conocer la naturaleza.

El bosque puede revelarse en una melodía, en una llamada de alarma o en el rumor de unas alas que apenas rozan las hojas. Hay ocasiones en que el ave no se deja ver, pero su canto permanece suspendido en el aire mucho después de que ha callado.

A veces pienso que el buen avistador no es quien más aves ve, sino quien aprende a reconocer todo lo que sucede a su alrededor, incluso aquello que no alcanza a ver.

Quien aprende a escuchar descubre que el mundo tiene más habitantes de los que imaginaba.

También hay aves al otro lado de la ventana

No hace falta viajar a una selva remota, ascender a una montaña o internarse en un bosque para empezar a avistar. La aventura puede comenzar en el jardín, en un parque, en una calle arbolada o en la ventana de nuestra casa.

Las ciudades también son territorios vivos. Entre edificios, avenidas y cables eléctricos sobreviven, se alimentan y se reproducen numerosas especies. Algunas nos visitan todos los días sin que sepamos sus nombres. Otras cruzan fugazmente el cielo y desaparecen entre las construcciones. Basta detenerse un momento para descubrir que compartimos el espacio urbano con una comunidad de seres que también necesita alimento, refugio, agua y lugares donde reproducirse.

Avistar convierte una caminata cotidiana en una exploración. El árbol que ayer era parte del paisaje se transforma en un escenario. El sonido que parecía ruido adquiere un significado. Una sombra que cruza el andén nos obliga a levantar la mirada.

La ciudad no cambia necesariamente. Cambia nuestra manera de habitarla.

Y ese cambio importa. Cuando reconocemos las aves de nuestro barrio, empezamos a preguntarnos por los árboles que las alimentan, los humedales que las reciben, los jardines donde encuentran refugio y los corredores verdes que conectan sus territorios. La curiosidad puede convertirse en conocimiento; el conocimiento, en afecto; y el afecto, en una razón para proteger aquello que antes nos resultaba invisible.

Avistar también es un ejercicio de ciudadanía. Nos recuerda que el territorio no nos pertenece en exclusiva y que nuestras decisiones afectan a muchos otros habitantes, incluso a los que no tienen voz en nuestras conversaciones ni asiento en nuestras mesas.

Podemos hacer lo mismo con las mariposas, los insectos, los árboles y las plantas. Cada uno guarda una historia que todavía desconocemos, un universo de relaciones que la ciencia investiga y que nuestra sensibilidad apenas comienza a intuir. En ellos hay belleza, complejidad y misterio; hay conocimiento científico y también una oportunidad para recuperar el asombro.

Vivimos en una época en la que parece posible acceder a cualquier lugar con un clic, conocer paisajes que nunca hemos visitado y contemplar imágenes de criaturas que jamás hemos tenido cerca. Sin embargo, ninguna pantalla sustituye por completo el encuentro con un ser vivo en su territorio. Ninguna fotografía reproduce el silencio que precede a un canto, la emoción de descubrir un movimiento entre las hojas o la incertidumbre de no saber qué aparecerá al doblar un sendero.

La naturaleza no siempre está a un clic de distancia. A veces está a un paso, pero exige que nos detengamos.

Avistar es despertar

Quizá por eso me gusta tanto esta palabra: avistar. En ella cabe la emoción del descubrimiento, el esfuerzo de la búsqueda y la humildad de aceptar que no siempre encontraremos lo que esperamos.

Avistar es mirar sin dar por conocido lo que tenemos delante. Es aprender a distinguir, escuchar, preguntar y volver a mirar. Es permitir que una criatura diminuta transforme nuestra percepción de un bosque, una ciudad o una mañana cualquiera.

No necesitamos conocer todas las especies ni convertirnos en expertos para comenzar. Basta con la disposición de prestar atención. Una ventana, un árbol y unos minutos de silencio pueden ser suficientes para dar el primer paso.

Después vendrán las preguntas, los nombres, las guías de campo, las caminatas y los encuentros inesperados. Descubriremos que cada respuesta abre nuevas preguntas y que, cuanto más creemos conocer el mundo de las aves, más evidente se vuelve todo lo que todavía ignoramos.

Tal vez esa sea la verdadera recompensa: comprender que el mundo es mucho más grande que nuestra costumbre de mirarlo.

Mañana, cuando abras la ventana, quizá una mirla se pose en el tejado. Un cucarachero cante entre las plantas. Un colibrí atraviese el jardín como una chispa. No habrán llegado para ti. No estarán esperando que los descubras. Simplemente seguirán viviendo.

Pero si te detienes, si escuchas, si consigues reconocerlos, algo habrá cambiado.

El ave seguirá su camino. Tú también.

Solo que, desde ese día, la ventana ya no será la misma.

Avistar es descubrir que el mundo estaba lleno de vida antes de que aprendiéramos a verla. Y que todavía estamos a tiempo de abrir los ojos.

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